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Cuando el hábito sí hace al monje

Ana no lo sabe, pero se equivoca. Y se le notará en la cara.

Ana duda frente al espejo. Piensa: «¿me pongo este vestido más atrevido o este otro más recatado?» Se pone uno de ellos; se mira en el espejo; pone caras. Se prueba el otro vestido. Vuelve a dudar. Luego, en un acto de insensata seguridad se dice: «Da igual. Lo que importa es la actitud.» Ana no lo sabe, pero se equivoca. Y se le notará en la cara.

La manera en que nos vestimos no sólo está diciendo mucho acerca de nosotros en términos del código de vestimenta de cada cultura, sino que también esa elección se manifiesta en nuestro rostro en forma de emociones. Si nos «sentimos» atractivos, eso se traducirá en expresiones faciales sutiles capaces de ser «leídas» por otras personas; y lo mismo ocurre si nos «sentimos» incómodos con la vestimenta elegida.

Estas han sido las conclusiones de un trabajo de investigación llevado a cabo por científicos de la Universidad de Uppsala en Suecia. En este estudio fotografiaron a 25 mujeres, vestidas con prendas con las que se «sentían» atractivas, no-atractivas o cómodas, mientras mostraban una expresión facial emocionalmente neutra. Luego mostraron las fotografías, en las que sólo se veían los rostros de las mujeres (y no la ropa) a un conjunto de hombres. Éstos encontraron como más atractivas las fotografías de las mujeres vestidas con prendas con las que se «sentían» atractivas. Por otra parte, las fotografías en las que las mujeres vestían prendas cómodas o no-atractivas fueron calificadas como medianamente atractivas y poco atractivas, respectivamente. Este estudio muestra que los rostros humanos proporcionan información sobre el estado emocional de los individuos y que esa información puede ser correctamente descodificada por una potencial pareja sexual.

Un aspecto que me parece importante destacar de este estudio es el hecho de que lo realmente significativo es cómo cada una de las mujeres se «sentía» con su vestimenta y no la vestimenta en sí. Claro que luego esto hay que acomodarlo a los códigos sociales; puedo sentirme muy cómodo en chándal (incluso atractivo) pero no puedo ir así vestido a un casamiento. También me pregunto si será posible simular esas emociones y engañar a nuestro interlocutor facial. Es decir, ¿es posible que una mujer se «imagine» vestida de cierta manera y esa sensación se proyecte correctamente en su rostro? ¿Será precisamente esto lo que hacen los buenos fotógrafos? ¿Inducirnos a que nos imaginemos en ciertas situaciones cuyo estado emocional de alguna manera se proyectarán en nuestro rostro? ¿Y los actores? Seguramente la credibilidad de un actor o una actriz pase por cuán íntimamente se creen su personaje. Quizás Ana tenga finalmente razón y sea capaz, a través de su actitud, de simular una situación que no es y de transmitir la correspondiente emoción a través de su rostro.

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