Cultura Literatura

Lenguas vivas – Clara Obligado

Las posibilidades creativas de la diversidad lingüística

Tuve la suerte de conocer personalmente a Clara Obligado hace unos años en San Sebastián. En aquel Encuentro de Escritoras, organizado por Luisa Etxenike, Clara leyó este texto magnífico que nos hace reflexionar acerca de las posibilidades creativas de la diversidad lingüística y cultural.

-Todo nos une, le había dicho su madre, hija de españoles, no te preocupes, hablamos el mismo idioma.

Pero no fue así. Desde que había llegado de Buenos Aires vivía en dos planos, en dos niveles. Tuvo que aprender que aparcar era estacionar, prolijo quería decir detallado, un grifo no era un monstruo mitológico sino una canilla, pararse no era ponerse de pie sino detenerse, estar constipado no tenía nada que ver con los intestinos sino más bien con los pulmones y que la amiga Conchita Boluda se llamaba así, de verdad, de verdad.

Pero los peores problemas venían en la cama. Meterse en la cama con alguien en Madrid, ¿qué era?¿Coger, follar, fornicar, joder? Coger, tan íntimo antes, tan incomprensible a este lado del Atlántico. Se coge el autobús, se coge desprevenido, se coge un resfriado. En la cama no se coge, a ver si aprendés. En la cama se jo-de.

Quiero joderte, había dicho él, a quien apenas conocía, acompañando su reclamo de un vaho alcohólico y había cazado su mano que reptaba sobre el mármol de la mesa del bar. Repitió: jo-der-te. Ella, concentrada, cerró los ojos y tradujo: co-ger-te. Fatal, le sonaba pésimo. Prefería la palabra follar. Pero follar, que le sonaba pastoril, revolcarse entre las hojas, vestirse de pastorcita, triscar, hollar acaso, súper Marqués de Santillana, a sus partenaires les resultaba muy fuerte y lo de fornicar, un cultismo absurdo con ecos de confesionario, una mezcla de latín y francés, ese fric-fric como de hormigas copulando (las formicas formican en el formicario): “Sí, padre, he formicado ayer también”.

Este no era más que el primer inconveniente. Más tarde vendrían las sorpresas en el momento menos indicado, cuando ya no está la cosa como para pedir intérprete, por ejemplo: “estoy salido, qué salido que estoy” y ella, traduciendo, inquietísima, ¿qué sale?¿y de dónde?, o “me has puesto cachondo” con esa che tan poco digna, o “correrse”, por ejemplo. “Me voy a correr, guapa, me voy a correr” ¿Hacia dónde? ¿Justo ahora? (Cómo, cómo se diría aquello en su castellano natal). Y luego, cuando todo se relajaba, con el pitillo/cigarrillo encendido/prendido en la oscuridad de la habitación/pieza él la acariciaba, agradecido, mimoso, y le decía “guapa”, tan de arrabal, o “maja”, puro Goya, y ella imaginádose vestida o desnuda, exhibiéndose en el museo del Prado sobre los almohadones/cojines.

Ni qué hablar de la polla y la pollera. “Polla”, aquel mito masculino, aquel galardón, para ella no era más que la lotería o una gallina pequeña y correrse quitarse de en medio, joder algo muy agresivo y así sucesivamente. En el vórtice de tal torbellino lingüístico, ¿quién es capaz de meterse en la cama con alguien?

Todo nos une, pensó. Todo, menos el idioma.

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