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Las preferencias estéticas y los descubrimientos científicos (I)

En general resulta más difícil desaprender que aprender. Las creencias que ya han arraigado en nosotros son muy difíciles de desterrar. Y una de esas creencias es que la ciencia y el arte pertenecen a mundos distintos, que no tienen ningún punto de contacto, que constituyen disciplinas separadas e irreconciliables. De ser así, el título de este post no tendría más sentido que el de un despropósito descomunal. Si le preguntásemos a la gente: ¿Pueden acaso las preferencias estéticas influir sobre los descubrimientos científicos? creo que la mayoría diría que NO; que una cosa son los gustos estéticos, que pueden estar más relacionados con el arte, y otra muy diferente el conocimiento científico. Después de todo, eso es lo que nos han enseñado en el colegio, y como buenos alumnos hemos aprendido bien la lección. Sin embargo, la historia nos demuestra lo contrario. Cada vez que han tenido lugar grandes cambios de paradigma a lo largo de la historia del conocimiento, ha habido siempre (o casi siempre) una conjunción de arte y ciencia; aunque en la mayoría de los casos los protagonistas de la historia no eran conscientes de ello. Os propongo hacer, a lo largo de los siguientes tres posts, un recorrido histórico de cuatro siglos para ver algunos ejemplos acerca de cómo las preferencias estéticas pueden condicionar (para bien o para mal) los descubrimientos científicos.

Galileo y los cráteres lunares

Para nuestro primer ejemplo nos remontaremos al Siglo XVII, más precisamente a 1610. Estamos en la Universidad de Padua y Galileo acaba de publicar Sidereus Nuncius; un trabajo revolucionario que es considerado la base de la astronomía moderna. Allí Galileo plantea, basándose en sus observaciones, que la superficie de la luna está cubierta de cráteres y otras irregularidades topográficas y que de alguna manera su superficie no es tan diferente a la de la Tierra. Esto, que hoy nos parece tan trivial, no lo era tanto en 1610.

Galileo_Galilei

Para comprender la verdadera dimensión del descubrimiento de Galileo no debemos olvidar que en aquella época predominaba la cosmovisión aristotélica del universo según la cual la Tierra estaba fija, en el centro del universo y la Luna, el Sol y los planetas giraban en círculos concéntricos alrededor de ella. Además, los cuerpos celestes (incluida, por supuesto, la Luna) se consideraban esferas uniformes y perfectas. Pues bien, resulta que lo que hizo Galileo, fue decir que la Luna tiene una superficie rugosa, irregular y llena de cráteres del tamaño de montañas. Este descubrimiento constituía sin duda una verdadera revolución y una ruptura radical con la idea que hasta entonces se tenía de los cuerpos celestes. Pero no vamos a analizar aquí la trascendencia del descubrimiento sino más bien la serie de circunstancias y conocimientos que le permitieron a Galileo llevarlo a cabo. Veremos que esto no hubiese sido posible sin una consiliencia en la persona de Galileo entre arte, ciencia y tecnología.

Lo primero que necesitó Galileo para observar la Luna fue, obviamente, un telescopio. En mayo de 1609, recibe noticias desde París acerca de un nuevo instrumento que permite ver objetos lejanos como si se encontraran cerca. Se trata evidentemente de la invención del telescopio, atribuida al holandés Hans Lippershey en el año 1608. A partir de estas noticias y de una vaga descripción del nuevo artefacto, Galileo construye varios telescopios. Además, mejora substancialmente el diseño original incrementando los aumentos (3 del original contra 30 del que finalmente utiliza para observar la Luna), disminuye las distorsiones introducidas por las lentes y consigue obtener una imagen derecha (a partir de una lente divergente que incluye en el ocular). Hacia fines de 1609 Galileo dispone ya de un telescopio potente para observar la Luna. Sin embargo cabe preguntarnos si disponer del telescopio apropiado es una garantía de observar los cráteres en la Luna; y aquí aparece entonces la cuestión fundamental: Vemos sólo lo que podemos ver. Y esto que parece una tautología en realidad lo que quiere significar es que no existe la mirada desprovista de esquemas teóricos o conceptuales. Siempre que miramos algo lo hacemos con una cierta carga teórica que generalmente está determinada por factores culturales. De hecho Galileo no fue el primero en observar la Luna a través de un telescopio. Unos meses antes que él, en Julio de 1609, el astrónomo inglés Tomas Harriot ya había observado la Luna y dibujado detallados mapas. Pero Harriot y Galileo vieron dos cosas distintas a pesar de estar mirando la misma Luna. El punto central aquí es qué veía cada uno en esa superficie manchada. Harriot no era ningún aficionado; era un astrónomo y matemático de muy buena reputación pero por algún motivo que desconocemos no indagó lo suficiente acerca de qué representaban aquellas manchas en la superficie de la Luna. Sin embargo Galileo, además de ser muy poco dogmático, contaba con una inestimable ayuda que su colega inglés no tenía… el dominio de la técnica del claroscuro. Galileo, además de estudiar matemática en la Universidad de Pisa, estudió también arte; de hecho, hacia 1588 ejerció como instructor en la Accademia delle Arti del Disegno en Florencia, donde enseño perspectiva y claroscuro. Fueron precisamente estos conocimientos sobre la perspectiva y el claroscuro los que le permitieron a Galileo comprender que aquellas manchas no eran imperfecciones de una Luna translúcida sino cráteres y montañas cuyos relieves generaban las zonas claras y oscuras que se veían a través del telescopio.

Galileo_Luna

Galileo y Harriot observaron la misma Luna, con instrumentos y conocimientos científicos más o menos similares y en la misma época. Sin embargo, Galileo y Harriot no interpretaron sus observaciones de la misma manera. En parte gracias a sus conocimientos artísticos, y en parte también a no estar tan aferrado a la doctrina aristotélica, Galileo fue capaz de interpretar aquellos patrones de luces y sombras como resultado de la existencia de cráteres y montañas. La consiliencia de arte, ciencia y tecnología en la persona de Galileo permitió cambiar nada más y nada menos que nuestra cosmovisión del universo. Las cosas ya nunca volverían a ser como las había concebido Aristóteles.

En el próximo post veremos cómo en algunos casos las preferencias estéticas pueden impedir o retrasar significativamente el avance del conocimiento.


 

14 comments on “Las preferencias estéticas y los descubrimientos científicos (I)

  1. Pingback: ¿Pueden condicionar las preferencias estéticas los descubrimientos científicos?

  2. Muy interesante. Espero con ansias la segunda parte de este post. No va a faltar algún relativista o constructivista que se base en estos cruces entre ciencia y arte, para abonar la tesis de que la ciencia no es neutral, sino que posee contenidos sociales y culturales. En este caso, por ej., el conocimiento de las técnicas artísticas ayudó a Galileo en su descubrimiento, pero el descubrimiento en sí mismo no tiene nada que ver con el arte ni con el Zeitgeist de los siglos XVI y XVII.

    • Gracias, Mario, por tu comentario. Como te habrás dado cuenta ya recorriendo mi blog, soy un ferviente defensor de que son precisamente estos cruces entre arte y ciencia los que producen cambios de paradigma importantes. Tanto el arte como la ciencia pertenecen siempre a una determinada cultura y no pueden escapar a esa condición y a las limitaciones que eso conlleva. Veremos en un par de posts (sobre este mismo tema) como incluso un científico de la talla de Einstein, se ha dejado llevar por cuestiones estéticas. El concepto de belleza (que es cultural) no ha sido nunca ajeno al desarrollo científico. Seguiremos debatiendo esta cuestión en los próximos posts. Un abrazo, G/

      • Sí, es muy bueno buscar esos cruces (y encontrarlos). Seguramente tendrás mucho para contarnos acerca de las influencias de la cultura en la práctica científica. Yo me refería a cuestiones más bien epistemológicas, y soy de la opinión de que el conocimiento producido por la ciencia es neutral y universal, entre otras cosas. Lo cual no quiere decir que los científicos y, por ende sus pensamientos y sus prácticas, no estén influenciados por la cultura. Es el caso de Galileo, que me acabo de enterar gracias a tu post.

  3. juan arturo rubio arostegui

    Gustavo, fantástico ejemplo de cómo se vinculan conocimientos científicos y conocimientos artísticos, tanto individualmente como en un mismo paradigma social.

  4. Justo ayer leia a Sagan, y hablaba de como estamos preparados para ver lo que queremos ver. Lo decía a propósito de las “caras” que se ven en los relives de la Luna o en Marte. Decía que estamos programados para ver “caras” u objetos reconocibles en casi cualquier imagen.

    Quedo a la espera de las siguientes entregas. Muy buen post

  5. Muy interesante!!!

  6. Voy a citar a los sabios: me han venido a mente dos citas clásicas sobre el arte al leerte. Una es muy directa, ‘el arte es yo; la ciencia es nosotros’, que es expresión muy de tesis de ciencias, y que no sé quién dijo -y tampoco me apetece googlear si es que la memoria anda mal, dejémosla que se desestrese a estas horas-. Aunque entiendo el orgullo colaborador del científico, siempre creí en el fondo que revelaba desconocimiento (¿científico?) del fenómeno del arte, que es imposible que nazca sin entorno, sin categorías, sin maestros, sin, en definitiva, ‘salir necesariamente del yo’. La otra es de Oscar Wilde, claro: ‘todo arte es completamente inútil’. Uno podía decir que estas entradas van a negar a Oscar Wilde, algo que nadie se atrevería hacer delante de él sin arriesgarse a una réplica lo suficientemente mordaz. Otro podía dar un salto y volver a aquello de que la vida es una pasión inútil (otra cita, pero ¿de quién era? ¿Sartre, no?), y que en ese puente entre pasión y arte la ciencia encuentra su sitio. Me da miedo contradecir a Wilde, ya decía Borges que Oscar WIlde siempre tenía razón. Y negar a estos dos debe ser, en el mejor estilo Galileo, como decir ‘y sin embargo es útil’

    • ¡Hola Goio! Un placer volver a `escucharte`. Lo de “y sin embargo es útil” me parece brillante. Creo que en sus comienzos, la ciencia y el arte (como cualquier otra cosa) surgieron con un determinado propósito utilitario. Sin embargo, superado el umbral de necesidades básicas satisfechas, tanto la ciencia como el arte cobran vuelo propio y no requieren del utilitarismo para desarrollarse. Es más, la mejor ciencia y el mejor arte son aquellos que abandonan la cuestión utilitaria. Y volviendo a los grandes referentes, creo que sería justo mencionar a Julio Cortázar y Alfred Jarry, grandes defensores de lo inútil. Un abrazo, G/

  7. Hola de nuevo,

    Pues si muy chulo tu comentario y por supuesto con lo bien que lo explicas.

    Si, debemos decir que la interpretación que hace Galileo es mucho más aceptalble. Peroooo, hemos de tener en cuenta una cosa …. a ver que te parece?

    Si observamos algo,siempre siempre percibimos, pero nuna tenemos certeza, porque para tenerla debemos cuantificar. Por ejemplo si miras a unas persona puedes calcular por encima lo que puede medir, pero siempre es objeto de una percepción no de una realidad, porque para tener la certeza deberías medirla. Así pues en todas las cosas de la vida podemos tener percepciones, pero nunca realidades, al menos hasta que no la medimos. Así pues las observaciones de las montañas que son cráteres, también podríamos decir que son relativas a la percepción ?

    Pero bueno, no soy científica eh

    Gracias

    Rosa

    • Gracias Rosa por tu comentario. Atención con una cosa: cuantificar no es ninguna garantía de certeza. Medir es comparar, establecer relaciones; pero eso sólo no te garantiza ninguna certeza. En cuanto a las percepciones, es cierto que puede haber cierto grado de subjetividad, pero veras en el siguiente post que lo de las preferencias estéticas también afecta a las matemáticas donde no hay percepción sensorial sino más bien abstracción. La seguimos. Un saludo, G/

  8. Pingback: Entrevista con Agustín Fernández Mallo | Desayuno con fotones

  9. Pingback: Hacia un conocimiento transdisciplinar – Arte, Literatura y Ciencia

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