Epistemología Historia Matemática

El mono occidental (I)

¿Es posible pensar diferente? ¿Es factible escapar de la lógica aristotélica? ¿Pueden acaso las especulaciones de un barbudo envuelto en una túnica, hechas hace dos mil quinientos años en un remoto rincón del Mediterráneo, condicionar nuestra actual manera de pensar? Pues resulta que, nos guste o no, llevamos la herencia de Aristóteles metida en los huesos y muchas veces ni siquiera lo sabemos. Todo lo bueno y todo lo malo, todas las alegrías y todos los traumas del mono occidental se los debemos a Aristóteles (y a una tenaz y a veces insensata defensa de sus ideas por parte de la Iglesia Católica). Pero quizás lo más relevante es que su enorme influencia contribuyó de manera determinante en la construcción de lo que hoy denominamos el sentido común del mono occidental; ese tamiz, esa red epistémica, a través de la cual miramos el mundo (muchas veces sin saberlo, y casi siempre sin poder evitarlo).

Os propongo entonces dar un paseo por la visión aristotélica del conocimiento para comprender por qué pensamos como pensamos y por qué nos cuesta tanto pensar de otra manera. Aristóteles consideraba que la lógica constituía el fundamento del conocimiento; que era la única manera de extraer conclusiones verdaderas a partir de premisas expresadas en forma de silogismos. La lógica aristotélica se fundamenta en tres principios básicos y (según él) evidentes:

  • Ley de identidad
  • Ley de no-contradicción
  • Ley de tercero excluido (o de bivalencia)

La Ley de identidad establece que cada cosa es idéntica a ella misma; la Ley de no-contradicción dice que ninguna cosa puede poseer una determinada característica y el contrario de esa característica (un enunciado no puede ser verdadero y falso a la vez); la Ley de tercero excluido significa que toda cosa tiene o bien una determinada propiedad o bien el contrario de esa propiedad (un enunciado o bien es verdadero o bien es falso).

¿Quién en su sano juicio podría dudar de estas tres verdades evidentes? El problema con estos principios, o con cualquier principio, es eso… que son principios, y por lo tanto no pueden ser deducidos de otros más básicos. Constituyen un punto de apoyo, un suelo firme bajo los pies, un punto de partida, un origen. Y aunque queramos disfrazarlos de evidentes, aunque lo sepamos o no, todos los principios son arbitrarios. Pero pasaron muchos siglos y corrió mucha sangre antes de que nos diéramos cuenta de esto. El gran filósofo persa Abū ‘Alī al-Husayn ibn ‘Abd Allāh ibn Sīnā (Avisena, para los amigos), en su comentario a la Metafísica de Aristóteles en los alrededores del año 1000, da un argumento “implacable” para defender el principio de no-contradicción: “… a cualquier persona que niegue el principio de no contradicción, se la debería golpear y quemar hasta que admita que ser golpeado y ser quemado no es lo mismo que no ser golpeado y no ser quemado.” Sin lugar a dudas un argumento muy convincente. Lamentablemente, en algunos círculos las cosas no han cambiado mucho en el último milenio. He oído recientemente a ciertos fundamentalistas proponer cosas similares contra los relativistas. Sin embargo, más allá de algunos exabruptos aislados, existe hoy día un acuerdo más o menos generalizado de que todos los principios son arbitrarios. A lo largo del Siglo XIX se fue instalando en el mono occidental la idea de que los principios podían negarse o cambiarse. Es lo que ocurrió en la geometría con los postulados de Euclides y también lo que ocurrió en la lógica con los principios de la lógica aristotélica. En ambos casos nuestro conocimiento se ha beneficiado substancialmente.

¿Pero es posible entonces que exista más de una lógica? ¿No es esto un poco ilógico? Pues sí, la verdad es que puede parecer un poco ilógico después de veinticinco siglos de lógica aristotélica. Y es que la fatal amalgama de principios y tiempo termina provocando lo que consideramos finalmente verdades absolutas. Constituyen enunciados que han utilizado nuestros padres, abuelos, los abuelos de nuestros abuelos y así hasta perderse el rastro en la ciénaga del tiempo. Parece entonces que no podemos ya concebir el mundo sin esas “verdades”. En palabras de Nietzsche: “… las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son…”.

La revisión de los principios o verdades evidentes ha resultado siempre en una ampliación considerable de nuestra visión del mundo. Y sin embargo ocurre muchas veces que los nuevos principios se erigen (otra vez) en verdades evidentes. Dicen por ahí, que no hay nada más conservador que un revolucionario en el poder. No caigamos en el ingenuo error de suponer que nuestros principios son más evidentes (o más verdaderos) que los anteriores; no caigamos en la tentación de creer que ya no es necesario cambiarlos, de que no queda nada nuevo por descubrir. Los principios constituyen un punto de partida para el conocimiento; convertirlos en verdades indiscutibles es sentenciarlo a muerte.

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